Capítulo Seis: Piloto Automático I — Jardín de Amapolas

in #gems2 years ago

Piloto Automático I:

Huir.

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Autumn amaba la soledad, pero no sentirte sola.

Por pequeños instantes, cuando se sentía se aquella forma, sus manos temblaban, sus músculos se agarrotaban y su vista parecía empañarse sin formar lágrimas.

Ella lo saboreaba en la punta de su lengua: un ataque de ansiedad.

Así que había ajustado su departamento a aquellas necesidades: había luces de emergencia en cada habitación, el televisor permanecía encendido —al igual que la radio de la cocina— con su perenne ruido, aunque no solía escucharlos. La ventana, que daba la cara a un parque y sus calles, solía esta abierta durante toda la mañana si ella ahí se encontraba, pues invitaba al bullicio del mundo exterior a acompañarla.

Siempre en una habitación solitaria, pero sin soledad plena.

Pues había descubierto que, de otro modo, el silencio hacía a Autumn... pensar.

Pero no hacerlo de manera normal. No. Ella pensaba de manera acelerada, sin detenerse, saltando de un tema a otro sin concluirlo si quiera en su mente, se mareaba y —algunas veces— vomitaba.

Entonces todo lo demás llegaba de golpe en una reacción en cadena.

Sentía su piel quemarse cuando aquel momento llegaba.

Necesitaba, de manera irracional, evitar el roce; de otra piel, de objetos, de ropa y cualquier cosa con las cuales tuviera contacto. Para cuando se daba cuenta, era una bola de carne caliente, temblorosa —y desnuda— hecha ovillo en la esquina de alguna habitación.

Aquella mañana Autumn despertó con la sensación amarga en el pecho.

Entonces todo había ido en piloto automático.

—¿Autumn?—La mano de Ingrid se sacudió ante sus ojos distraídos. Había estado así toda la mañana, pero sus amigas nunca comentaban nada de aquellos hilos de ausencia.

Autumn era taciturna, reservada y enigmática. Para otros, era una chica bonita, de sonrisa ligera y provocativa, pues esa era la portada que solía vender para dispersar la atención de la verdadera Autumn.

De la que ni siquiera sus amigas tenían certeza de conocerla.

¿Uhmm?

Ingrid sonrió cálida y comprensiva, pues así era ella. Bonnie, por otro lado, rodó los ojos en reproche.

—Esta noche —Repitió la pelirroja— ¿iremos a la re-inauguración del Roy's o piensas continuar escondida bajo las piedras?

Sintió una bola caliente alojarse en su estómago. Apretó los ojos por algunos segundos, su boca se sentía seca.

Había pasado más de un mes desde aquella última visita al club de Alan. Más de un mes desde que había ido a seducir a Edric y se había topado con la pared: la pared de su novia. Una novia que desconocía, que había lastimado sin querer y había hecho que Autumn sintiera caer sobre ella un balde de agua fría.

Se sentía avergonzada, humillada y barata.

Aquella noche comprobó que nunca es buena idea llevarse a los amigos a la cama, había arruinado las cosas para todos. No había ni siquiera podido levantar el teléfono para preguntarle cómo había resultado todo.

O si todos estaban bien.

Pues esa noche, entre el caos que se desató a mitad de la pelea clandestina —la cual terminó reduciendo el bar a casi nada— jamás se había sentido tan menospreciada.

Y quizás —quizás— realmente había sido su culpa: Edric no la buscaba, pero ella decidió colarse a su camerino, medio desnuda, relajada y con ganas de jugar con su amigo, y había descubierto a una menuda chica bonita —y aterradora— mirándola como si fuera un insecto.

Un insecto promiscuo.

Y todos estaban al tanto de aquel accidente.

Respiró hondo:—No creo que sea una buena idea.

Estaba avergonzada, pero no porque todos supieran que había por Edric, pues esa era el ochenta por ciento de la relación que ambos sostenían, sino por las duras palabras del peligro:

<<Yo si te respeto un poco más de lo que te respetas a ti misma, Autumn>>

¿Cómo podía redimirse de eso?

Ingrid chasqueó la lengua:—Cariño, ya ha pasado más de un mes.—enfatizó— ¡A quién le importa quién durmió con quién hace más de un mes!

Bonnie la miró con asco.

—A los que si consideramos más de una vez a las personas que metemos en nuestra cama.

Ahora fue ella quién rodó los ojos.

Honestamente, Autumn tampoco sentía las fuerzas necesarias para hacerle frente, no a Edric, sino a Alan.

Una vez aplacado el caos, habían tenido un pequeño momento, uno sumamente íntimo y delicado, en el cual había vendado su mano herida por el corte de un cuchillo. Aún su corazón se aceleraba cuando recordaba sus ojos entornados en ella, en la Autumn vulnerable y verdadera.

Él era la primera persona que podía asegurar haberla visto tal cual era. No estaba segura de poder andar a su alrededor.

Desde esa noche, había desarrollado cierta curiosidad y miedo por saber cómo sería volver a verlo.

—Chicas, gracias —dijo en un tono bajo, sumiso—, pero será mejor que siga en casa.

Bonnie enarcó su ceja:—¿Escondiéndote hasta cuándo, Autumn?

—No me estoy escondiendo.

La morena rió:—¿En serio? ¿Y qué harías si te digo que la bruja griega está mirando hacia acá?

Los ojos de Autumn, de un verde purísimo, se abrieron de la impresión.

Estaban sentadas de forma descuidada en la cafetería de la Universidad. Indrig y ella empezaron a buscar sin disimulo a la chica —supuesta novia— de Edric.

Se encontraba unas mesas adelante, secreteando con sus amigas, pero nada que indicara que reconocía su presencia en el salón.

Sintió el odio crecer hacia Bonnie.

—No es gracioso.

—Tampoco lo es que seas una cobarde.

El ceño precioso de la rubia se arrugó:—No soy cobarde.

—Te equivocaste, Autumn.—Dijo la morena mientras bebía de su limonada sin azúcar.— Nadie puede crucificarte por eso.

Si, si podían.

Antes de poder continuar debatiendo, su teléfono celular vibró sobre la mesa.

Y la Santa María de se serenidad bajó cortando la respiración de las tres chicas.

Autumn tenía los ojos más brillantes y dulces del mundo, puros, sin variantes. Tenía el rostro delicado, afilado, que los hacía lucir eclipsantes. Pero todo eso podía volverse una sombra en cuestión de segundos, justo como ahora, que se habían convertido en dos esmeraldas sucias y punzantes.

Tomó el teléfono con parsimonia, reteniendo el estallido de sabor amargo que subía por su garganta, y desbloqueó el aparato.

<< Gibrán: Pasa por Gianna a la escuela y déjala en casa. >>

Parpadeó un par de veces por lo simple de aquella petición, en su mente, Gibrán debía de tener algo sucio entre manos. Ese pensamiento volvió a angustiarla.

Paso la lengua de manera nerviosa por el filo de sus dientes antes de inflar con aire sus mejillas —una terrible y mala costumbre de niña— y miró con una fingida sorpresa a sus amigas.

—Debo ir por mi hermanita a su escuela.—Notificó recogiendo torpemente sus pertenencias— Quizás me quede con ella, así que no me esperen—Agregó.

El rostro curioso de Ingrid y el informe de Bonnie cruzó su vista antes de desearles mucha diversión aquella noche.

Pero cada paso que daba hacia la lejanía de sus acompañantes, acentuaba el sentimiento de pena y soledad en su pecho.


Leer previamente:
Capítulo Cuatro: Pequeño Monstruo II — Jardín de Amapolas
Capítulo Tres: Pequeño Monstruo — Jardín de Amapolas
Capítulo Dos: ¿Quién es Alan Roy? — Jardín de Amapolas
Jardín de Amapolas — Capítulo I: Una Llamada

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